«Me abracé a él y le dije, llévame a casa que me estoy muriendo»

Francisco Manuel Juarez y María Luz Laviana, posan junto al taxi número 28 de Roquetas./J. VALDIVIA
Francisco Manuel Juarez y María Luz Laviana, posan junto al taxi número 28 de Roquetas. / J. VALDIVIA

La asturiana María Luz Laviana no ha parado hasta encontrar al taxista que la salvó cuando sufrió un tromboembolismo pulmonar masivo

JULIO VALDIVIAROQUETAS DE MAR

El pasado 22 de diciembre, el mismo día que media España se levantaba con la esperanza de recibir la suerte del Sorteo de Navidad, María Luz Laviana se disponía a desplazarse hasta la Estación Intermodal desde donde partiría hasta su Asturias natal para pasar las vacaciones con su familia. Pero no llegaría muy lejos, ya que en el camino sufrió un tromboembolismo pulmonar masivo que, de no ser por la rápida actuación del taxista que la llevaba, habría acabado con su vida.

María Luz, que un mes después de lo ocurrido salió del Hospital de Torrecárdenas, donde llegó a estar ingresada en la UCI, no paró desde entonces hasta que dio con su «ángel salvador», que resultó ser Francisco Manuel Juarez, del taxi número 28 de Roquetas de Mar, para agradecerle su colaboración y rápida intervención.

Ambos se han convertido en una celebridad estos días en la parada de taxis de Roquetas, situada en la Avenida Juan Carlos I, donde María Luz pasa a menudo para saludar a los taxistas.

Aquella mañana, esta asturiana afincada en Roquetas desde los años 70 y que tiene 84 años, se empezó a sentir indispuesta poco antes de subirse al taxi en dirección a la capital. La suerte quiso que Francisco fuera el que atendiera el servicio, un taxista que trabaja en el turno de noche y que antes que conductor de taxis, había trabajado durante varios años como conductor de ambulancias en el centro de salud de Roquetas, el Hospital de Torrecárdenas y el Hospital del Poniente.

Francisco se ofreció a llevar a María Luz a urgencias del centro roquetero, pero ella insistió en ir a la estación. Sin embargo, nada más bajar del coche se sintió tal mal que «me abracé a él y le dije, llévame a casa que me estoy muriendo», recuerda ella misma.

El taxista tuvo que coger a la anciana y acudir corriendo al centro de urgencias más cercano, que los compañeros por radio le indicaron que era la Bola Azul de la capital. «El rato ese iba con mucha tensión, en esos cinco minutos no dejaba de pensar que se me quedaba en el coche», cuenta Francisco, sabedor de la gravedad de esas situaciones. «Llegó justo a tiempo, si tarda unos minutos más le da una trombosis y se le encharcan los pulmones», explica.

Francisco, que acababa el turno justo a esa hora, se ofreció a quedarse con la anciana. «Me quedé hasta que el médico me dijo que me fuera», recuerda bajo la atenta mirada de María Luz, quien se deshace en agradecimientos hacia su salvador, al igual que hacia las enfermeras de la sexta planta de Torrecárdenas, en la que permaneció un mes para recuperarse. «Han sido todos maravillosos», afirma refiriéndose al taxista y al equipo médico que le atendió en este tiempo.

María Luz habla con la voz de la experiencia, a sus 84 años ya ha pasado por numerosas intervenciones y cuando vivía en Bélgica llegó a tener gangrena y los médicos descartaron cortarle el brazo porque daban por hecho que moriría. Pero la vitalidad de esta mujer y sus ganas de vivir, evitaron el fatal desenlace. «Los médicos de Bruselas me llamaban la pequeña milagrosa», recuerda de aquellos momentos.

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