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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Opinión

PUERTA PURCHENA
Agua y sed

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ME está provocando ansiedad. Y perplejidad. Y cabreo. Lo del agua, digo. Primer punto. Está muy feo estar en el gobierno, negar la mayor durante cuatro años, eliminar del diccionario la palabra trasvase para, a continuación, ganar las elecciones, cesar a la ministra que se ha opuesto a lo del Ebro y aprobar inmediatamente precisamente eso, un trasvase.

Segundo punto. Está muy feo ser la oposición, negarse durante cuatro años a hablar de desalación, y a continuación reclamar en Valencia, en Alicante, en Almería trasvase y trasvase, mientras tus compis de Aragón se niegan a que se lleven ni una gota del Ebro.

Ese doble discurso que emplean unos y otros, además de ser más propio de trileros que de políticos, está provocando un enfrentamiento serio entre territorios. Por algo tan básico, tan importante, tan vital como el agua. Que encima, es el más público de todos los bienes públicos y con el que no se debe ni se puede hacer negocio, por mucho que a algunos se les ponga directamente cara de euro, a lo Tío Gilito, cuando se multiplican los hectómetros por céntimos.

Nos rasgamos las vestiduras cuando anuncian que van a llevarse agua de Carboneras, en barco, porque se mueren de sed en Barcelona. Y se nos olvida, que exactamente eso mismo hicieron los catalanes cuando, allá por los años 90, no había una gota en Baleares.

Políticos, agricultores, empresarios, ponen el grito en el cielo por cederles agua a otros españoles, pero nadie criticó, ni se echó a la calle, ni mandó a paseo a los responsables (populares) de que la desaladora de Carboneras, que costó una pasta gansa, no pudiera llevar agua ni siquiera a los propios vecinos.

Sí, así como suena. Se les 'olvidó' hacer la conexión entre la planta y el resto de la red de suministro... Y han tenido que ser otros los que hagan la red para los pueblos y para los campos. Y de paso, construir otras tres desaladoras que, en conjunto, nos darán 189 hectómetros, cuando el Plan Hidrológico, en 10 años, nos iba a traer sólo 90.

Hablamos de agravio comparativo, negándonos a que se lleven ni una gota del agua que consideramos nuestra y solo nuestra, pero no decimos ni pío cuando nuestros agricultores -hartos, imagino, de tanta majadería-, cortan por lo sano. Han comprado arrozales en Sevilla, que no piensan poner en explotación, pero que les otorgan automáticamente agua de la Cuenca del Guadalquivir. Agua que se traen para aquí. Trasvasándola, vaya.

Otra vez doble lenguaje.

Lo mismo ocurre con el déficit hídrico. Nos dicen que nos faltan 250 hectómetros; 300; 180, pero permiten que florezcan campos de golf y urbanizaciones, legales e ilegales, a lo largo de la costa.

Y se olvidan de algo que han denunciado los ecologistas por activa y por pasiva: que el principal problema del agua es el crecimiento humano. En Barcelona y su cinturón metropolitano, hay ahora un millón y medio más de personas que hace veinte años. Lo mismo ocurre aquí, donde se duplican y triplican los cascos urbanos de pequeños municipios. Y tan anchos. Sin que nadie se moleste en comprobar que, amén de carreteras, de hospitales, de escuelas, haya agua. Para todos.

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