Las actitudes sociales del macho -ese engendro cultural que en España se cultiva aún con especial ahínco, inclusive por algunas mujeres- acaso tienen mucho que ver ahora con tanta publicitada agresión, tanta violencia desatada, tanta cólera y tanta muerte de mujeres a manos de sus -quién lo diría- enamorados consortes, justo en el entreacto de un tiempo en que, al menos de cara a la galería, se ejercita el buen talante y la igualdad entre los géneros masculino y femenino -qué quimera y que escarnio para la damas, tanta palabrería de igualdades laboral, social, política, investigadora, científica, cultural- mientras se calla la boca con el vergonzante 50 por ciento de la también denominada 'cuota de género', esas denominaciones a dedo con las que, de vez en cuando, se coloca un florero femenino en un cargo público, por cuenta de los miles de directivos de empresa varones, de catedráticos varones, de jefes varones, de escritores varones, de gobernantes varones, de mujeres malpagadas en sus puestos de trabajo, de mujeres utilizadas con derecho de pernada por un puesto de trabajo.
De este desvarío, y del gran discurso de las responsabilidades que todos los ciudadanos tenemos en esta penosa trama, trata el libro 'Los diferentes rostros de la violencia de género', un volumen publicado por la profesora de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada, Juana María Gil Ruiz en la editorial madrileña Dykinson S.L.
La profesora Gil Ruiz, en más de 230 páginas, reflexiona sobre los caracteres legislativos, jurídicos, sociales, culturales y políticos de la llamada violencia doméstica y se lamenta de que esta violencia «explícitamente rechazada e implícitamente tolerada sigue siendo un mecanismo válido para mantener a las mujeres en una posición de subordinación erigiendo la diferencia entre hombres y mujeres en eterna desigualdad».
La profesora de la Universidad de Granada se pregunta durante el discurso teórico-práctico que mantiene en su relato sobre las agresiones contra la mujer «si los derechos constitucionales como la vida, la integridad, la igualdad, la libertad, la seguridad, y la dignidad de las mujeres se encuentran realmente tutelados por nuestro Ordenamiento Jurídico y garantizados por los Poderes Públicos; o si, por el contrario, se encuentran abandonados o, mejor dicho, aforados a otra jurisdicción, la doméstica extra-jurídica, representada por el varón cabeza de familia quien cuida de que se observe su legislación autónoma».
Valiente en su exposición, y rigurosa en el trabajo de investigación que ha dado lugar a este libro, la profesora María Gil Ruiz ha dividido su obra en cinco capítulos que tratan de la naturaleza integral de la violencia de género, de las mujeres y la educación, mujeres y maternidad, mujeres y trabajo, y mujeres y violencia doméstica. La profesora de Filosofía del Derecho se muestra convencida de la necesidad de intervenir en tres ámbitos fundamentales para la erradicación de la violencia de género: la educación, el mundo laboral y la esfera doméstica y su tratamiento jurídico. Y en lo que concierne a la respuesta penal a la violencia familiar, afirma Juana María Gil que, en definitiva, lo único que cambiaría esta respuesta, por encima de modificaciones legislativas, sería «un verdadero cambio de actitud de los operadores jurídicos, apartándose de la idea de encontrarse ante un problema privado y cuya resolución sólo incumbe a los propios afectados, y considerándolo en cambio como un problema público de devastadoras consecuencias sociales que exige, para su erradicación, la incorporación de la perspectiva de género». Juana María Gil, que sabe del alma perdida, y del alma hallada, ha prendido en este libro de sensibilidades humilladas un nuevo fuego o frente de batalla: la violencia del macho hacia la mujer, sea moral, verbal, física, sexual o de meros gestos denigrantes, requiere, para ser atajada, la concurrencia explícita de todas las fuerzas sociales y de todos los estamentos públicos y privados, pues, como asegura la profesora Gil Ruiz, «la sensibilización social que sobre el tema existe dista mucho, todavía, de la empatía y de la angustia que otras formas de violencia, como el terrorismo político, genera en nuestra ciudadanía».
Cambiar esa disposición social, esa sensibilidad de apreciación del hecho agresivo hacia la mujer, es tarea de todos, pero sobre todo es una cuestión de actitud. El libro 'Los diferentes rostros de la violencia de género' responde, así, desde la teoría crítica del Derecho, a la demanda social y política de erradicar la lacra de la violencia de género.
La violencia de los machos, mal que nos pese, es la secuela de una sociedad dominada por los hombres, una sociedad que consiente y tolera, una sociedad acomodaticia en sus prebendas tradicionales, en sus favores masculinos, en sus privilegios, en sus irrenunciables favoritismos.





