Platón hubiese sido feliz hoy en día. Siempre manifestó el gusto por imaginar un mito capaz de llevar la convicción a toda nuestra comunidad. En la taurina lo tenemos: José Tomás convertido en dios y héroe de la gentilidad, símbolo de la pureza del toreo, noble posesión y adquisición terrestre del aficionado, emblema que refleja divinidad en combate en esta batalla de la vida, con victoriosa seguridad por lo que podemos llamar los ideales realizados al colocarse en lugares imposibles para la geometría y la física, por aquello del volumen de los cuerpos, realizados en la lentitud de su quehacer con el toro, en la parsimonia de sus deambular, en la majestuosidad de su presencia. Con la madurez del tiempo y sus facultades imaginativas en plenitud, el ideal del toreo que atesora lo convierten en un mito.
Un mito en un rito ecuménico, al ser el mismo en toda la parte del universo que se desarrolla, que revoluciona sin aportar nada nuevo. Porque José Tomás no inventa nada. Su éxito es llevar a su plenitud los valores fundamentales de la tauromaquia. Eso sí, colocándose donde nadie lo hace, con la despaciosidad que nadie consigue, con la pureza de la ejecución de las suerte que nadie logra y con la verticalidad de Manolete, recuérdese, uno de los revolucionarios del toreo.
Lo sorprendente de José Tomás es cómo provoca una actitud diferente en los tendidos. Con él no hay bullicios, ni exagerados olés, ni cánticos festivaleros. Con él hay espera, profundas y sentidas afirmaciones de cada pase, expectación del resolver de su sitio elegido ante el burel, incluso peticiones para silenciar la banda de música para así poder sentir en mayor grado la tragedia que se masca en cada pase. No hay adornos superfluos, los movimientos de muleta son los justos, la relajación de su cuerpo casi llega al desmayo. Es muy difícil describir los sentimientos que nacen de lo más profundo. Es muy fácil sentir, a veces en éxtasis colectivo, cuando los ojos perciben algo único, auténtico, con sello de calidad. Si Barceló es el Picasso del siglo XXI, José Tomas es el compendio de la tauromaquia moderna. Juglares como Sabina cantan sus andanzas. Las élites de la comunicación, de la política, del empresariado, de las artes, y el resto de trama social, procesiona en comandita allá donde se anuncia.
Es un dios, o así lo queremos ver, al que tanto se le exige, que no hay tarde que sea cogido al querer exprimir algún muletazo más allá de la lógica. Quizá porque el toreo no tenga lógica.