Julio Medem (San Sebastián, 1958) rompe cuatro años de silencio. 'Caótica Ana' -estreno, el 24 de agosto- supone su regreso a la ficción tras el doloroso paréntesis de 'La pelota vasca', un documental que le puso en el ojo del huracán.
-'Caótica Ana' está inspirada en su hermana, fallecida hace siete años.
-Así es. Era pintora y murió sin poder ver expuesta la obra de su vida en unas bodegas de Cariñena. Tuvo un accidente de tráfico el día de la inauguración a tres kilómetros. Toda su familia y amigos le estábamos esperando. Al día siguiente, casi delante de ella, me propuse que algún día haría una película basándome en su carácter. Pero pasó lo de 'La pelota vasca' y en un año no pude hacer nada.
-Su hermana se llamaba Ana.
-Sí. Como mi hija pequeña. Nació justo la noche del estreno de 'La pelota vasca'. El caos de Ana consistía en que allá por donde iba el orden se desordenaba, lo organizado se desorganizaba. Ocurrían cosas a sus espaldas sin que ella se diera cuenta. Vivía instalada en un estado de felicidad casi imposible, pero conseguía imantar su entorno.
-De nuevo erotismo, como en 'Lucía y el sexo'.
-Ana tiene un carácter dionisíaco, pero solo hay erotismo en momentos puntuales. Yo llegué tarde al sexo. Cuando era niño lo asociaba a paisajes, a atmósferas. Pensaba que un bosque húmedo escondía algo que tenía que ver con el sexo. Y bajo los helechos también ocurre sexo, ¿no?
-Su cine se mueve en una cuerda floja tendida entre lo sublime y lo ridículo.
-Sí. Como creador de historias debo ser buen observador de la realidad, pero luego las historias no me salen exactamente de lo que observo. Surgen de lugares que no puedo ver bien.
-¿Le preocupa no llegar a la gente?
-Claro. No me quiero quedar solo. Eso sí, quiero llegar al público con mis pautas, porque si intento ser transparente, no encuentro nada. No sé hacer otra cosa. Y la suerte es que tengo un público. Ahora vivimos un momento de incertidumbre terrible en el cine español. Nunca he visto tan mal las cosas. Es un momento de transición: en cuanto al soporte, en la manera de ver películas... En fin, no soy muy bueno dando diagnósticos.
-¿Fue bueno hacer 'La pelota vasca'?
-Muy bueno. Pagué un precio altísimo, pero me siento muy orgulloso de haberla hecho. Sufrí mucho, sobre todo cuando me tocaba sufrir menos. Los directores de cine tenemos una necesidad muy grande de que nuestro ánimo esté arriba, porque debemos convencer a mucha gente, tiene que ser profundamente cierto que estemos obsesionados por una idea. Y yo llegué a pensar que no iba a tener ya nunca esa fuerza. Eran insultos ciegos marcados por consignas políticas. Leía 'El pelota vasco. La nuca contra la bala'.
Críticas
-Fernando Savater le comparó con Leni Riefensthal, la documentalista de Hitler.
-Ya. Puedo entender que aspectos de la película eran dudosos o criticables. Pero no que me acusaran de ser filoetarra y de dar cobertura ideológica y política a los terroristas, y de no ser respetuoso con los víctimas: moralmente, yo sé que estoy con ellas.Y la censura. La ministra de Cultura quiso impedir que se estrenara en el festival de San Sebastián; el embajador español en el Reino Unido me declaró 'persona non grata' y trató de que no se viera en el festival de Londres; se prohibió su exhibición comercial en Ermua; no se dijo que fue a Sundance... Todo fue una desproporción, es un tema del que prefiero no hablar.
-Ahora vivimos una espera tensa.
-Sí. Vivimos en estado de amenaza terrorista. No ha cambiado nada. Se han quedado más aislados que nunca, un núcleo cerrado y radicalizado. Tristísimo. Ya no está el PP en el poder, pero la situación política me sigue pareciendo abyecta. El Partido Popular sigue utilizando a ETA, me parece moralmente abyecto.
-Usted creció en Madrid en un ambiente burgués. Hasta estudió en el colegio del Pilar, como Aznar.
-¿Ah, sí? Es un colegio horroroso, en cuanto acabé me fui. Allí descubrí la hipocresía paradigmática del catolicismo. Recuerdo que cuando murió Franco, solamente otro compañero, también vasco, y yo lo celebramos. Me desclasé después de crecer en la clase alta.
-No se llevaba muy bien con su padre, aparejador alemán que militó en las juventudes nazis. Salió a su madre vasca, hija de un partisano francés y una diseñadora de modas.
-Bueno, mi padre tampoco tenía una ideología muy marcada; como le pasa a tanta gente, era de derechas porque sí. Todos los hermanos hemos tirado hacia mi madre, progresista y muy culta: uno es arquitecto y la otra trabaja en vestuario de cine. Renuncié conscientemente a mi ascendente alemán y me hice más vasco de lo que me correspondía, ja, ja ja.
-Fue un atleta nato. Estuvo a punto de ir a las Olimpiadas.
-En el colegio era muy tímido, me aislaba. Y me concentré en el atletismo. Hice la mejor marca juvenil de España en salto de vallas. Acabé COU y lo dejé. Ya me iba creando un mundo personal de lectura, de sueños, de desamor...
-Descubrió la magia del celuloide gracias a su padre.
-Él rodaba películas familiares en Super 8. Recuerdo la pantallita en el salón, el ruido del proyector, vernos con esa cadencia... Ahora tengo yo todas esas películas; no sé cuántas horas habrá, muchísimas.
-Estudió Medicina pero nunca llega a ejercer.
-Quería ser psiquiatra. Me fascinaba el mundo de la mente. Leo a Freud y descubro algo fundamental: la existencia del subconsciente, que los sueños se pueden interpretar y responden a deseos y frustraciones. Haciendo Super 8 con mi hermana Ana, de noche a escondidas, supe que capturando un tiempo y un espacio podría expresar allí algo de mi subconsciente. Me gustaba el cine, pero pensaba que nunca podría dedicarme a ello, que hacía falta don de gentes.
La oferta de Spielberg
-Una curiosidad. ¿Es cierto que a Stanley Kubrick le entusiasmó 'La ardilla roja' y que usted rechazó una oferta de Spielberg por 140 millones de pesetas para dirigir 'La máscara del Zorro'?
-Una pasta. Estuve un tiempo pensándolo. Y cuando decidí que no me sentí muy aliviado, descubrí que había elegido bien. No sé cómo hubiera vuelto de una experiencia así. No he vuelto a tener más ofertas, sólo para hacer 'remakes' de mis películas en Estados Unidos.
-Su productora se llama Alicia Produce, como su hija aquejada de Síndrome de Down. Inspirándose en ella produjo un documental.
-Sí. '¿Qué tienes debajo del sombrero?' me lo propuso la madre de mi hija, mi ex (la pintora Lola Barrera). Me enseñó una fotografía de Judith Scott, una escultora muy reconocida internacionalmente y aquejada de Síndrome de Down. Yo lo produje y ella lo dirigió junto a Iñaki Peñafiel.
-¿Qué le enseña su hija Alicia?
-Tiene un imaginario muy poderoso en lo fantástico, un pozo del subconsciente muy interesante. Y me lo enseña muy bien. La conozco mucho.