EL Movimiento de la Resistencia Islámica -Hamas- ha necesitado veinte años desde su creación para aceptar la existencia del Estado de Israel, pero finalmente acaba de hacerlo -aunque de modo muy implícito- en el contexto de una tensa y delicada negociación con Al Fatah. El acuerdo ha sido posible al llegar los dos grandes partidos a un consenso sobre los puntos del Documento de Reconciliación Nacional, más conocido como 'Plan de los Prisioneros' por haber sido redactado inicialmente por cinco relevantes presos palestinos que cumplen severas condenas en cárceles israelíes. Hamas ha introducido un párrafo según el cual se entiende que, en adelante, cada acuerdo que se alcance en el proceso de paz lo será en el inequívoco «servicio al pueblo palestino». Una ambigua cláusula de estilo y una precaución formal semejante a las catorce 'reservas' que emitió Israel cuando aceptó la redacción de la 'Hoja de Ruta'.
La lista de acuerdos en la historia del conflicto entre israelíes y palestinos es, desafortunadamente, tan larga como nulos han sido sus efectos. Pero, en esta ocasión, al menos abría una puerta nueva por cuanto permitía la formación de un Gobierno de unión nacional del que sólo se ha excluido la Yihad Islámica y, al renunciar al maximalismo, habría permitido al campo palestino dotarse de un mayor margen de maniobra para negociar, acercándose mucho al criterio abrumadoramente sostenido por la comunidad internacional. Hay que añadir la posibilidad de que toda la región estalle de nuevo a causa de la máxima tensión que se vive en la franja de Gaza tras el secuestro de un joven militar en una operación de comandos de Hamas. No sería la primera vez en Oriente Próximo que un esperanzador acuerdo es superado por la triste realidad de los acontecimientos y, por ello, es imprescindible que sean las propias fuerzas de seguridad palestinas las que liberen al militar israelí. Porque difícilmente el 'Plan de los Prisioneros' servirá para algo más que para engrosar la lista de oportunidades perdidas si el joven soldado no es liberado y el Ejecutivo de Olmert cumple su amenaza de ordenar al Ejército «entrar a buscarlo casa por casa».