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Domingo, 11 de junio de 2006
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La náusea
La náusea
El cuerpo del niño palestino de un año, Haitham Gali, es llevado en volandas durante el funeral celebrado ayer al norte de la Franja. / EFE
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Lo mejor de los americanos son sus películas. Cualquier otro país hubiese mostrado al terrorista Al-Zarqawi con la sobriedad que la circunstancia requiere. Recuerdo al Che Guevara con el torso desnudo y agujereado sobre una cama, posado junto a sus captores; hubo una sencilla descripción del operativo que acabó con la leyenda revolucionaria. En el caso del líder de Al-Qaeda en Irak, el relato ha sido serializado y, primero, nos dejaron ver los ojos cerrados por la muerte del terrorista, y aplazaron para el día siguiente los detalles: que en realidad fue capturado con vida y que intentó huir. Por vergüenza torera no aclararon si es entonces, al huir, cuando lo abatieron, teniendo en cuenta que no se tuvo siquiera acceso a la foto integral del difunto. Lo que nos hace pensar que tras el bombardeo de su escondite debió quedar en las peores condiciones de cuello para abajo. Lástima que la hazaña e historia del deceso- yo soy por naturaleza fácil de convencer y un amante incauto de cualquier película de guerra- acompañaba al ataque del Ejército israelí de una playa en donde las buenas gentes celebraban una fiesta. Todo se me vino, de pronto, abajo. Ya no pude imaginarme a Al-Zarqawi, o mejor a su cabeza, haciendo frente valerosa a las tropas americanas a bayoneta calada. Sólo llegaban a mi mente las imágenes de la madre y el bebé de ocho meses muerto y de la pequeña de ocho años, única superviviente de la familia, que ayer gritaba a los suyos: «¿No me dejéis sola!». Todo ello en nombre de la seguridad. Palabra mágica que desde hace unos años disimula las matanzas más ominosas de inocentes. Soldados americanos acribillan a dos mujeres, una de ellas embarazada que acuden a un paritorio cercano, por las mismas y precavidas razones, o bombardean una boda o pasan a cuchillo a civiles en Haditha, entre los que también se ocultaban potenciales riesgos, peligrosas mujeres y niños.

Me asusta que la violencia en general adopte formas tan siniestras que pretendan justificarla. Y la alegría que debería proporcionarnos la desaparición de un terrorista inicuo nos conduzca a la cooperación necesaria de unos niños asesinados literalmente mientras jugaban en una playa. El paralelismo infernal de un individuo despreciable con los entorchados montaraces de un guerrillero que sodomizaba bombas humanas para lanzarlas en un restaurante o un mercado y uniformados israelíes o americanos bombardeando ecuaciones domésticas allá donde la relación humana fluye espontánea y sin miedo, confunde. Al final, le queda a uno el alma comprimida, arrebatada por la náusea y la fuerza que hace una lágrima que pugna por salir desde las entrañas de todo individuo de buena voluntad, convencido de las ventajas de aquel consejo imperecedero de Montaigne: «Cuando yo podría hacerme temer, preferiría hacerme amar».



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