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Domingo, 2 de abril de 2006
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Juan Pablo II y Granada
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JUAN Pablo II ya está camino a los altares. Y eso es una gozosa noticia para la Iglesia de Granada. El Purpurado sintetizó su legado a través de «su amor por la Humanidad, que llevó a una obra incansable para evitar las guerras y restablecer la paz; para asegurar a los pueblos más pobres, a los últimos de la tierra, una esperanza de vida y de desarrollo; para defender la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural».

No ha habido en la Historia de la Humanidad un líder público que haya viajado tanto. Tiene razón George F. Will cuando dice que «en este principio de siglo secularizado, el hombre más popular (y más viajero) del mundo habla desde un altar». Le ha movido la cercanía, el estar cerca de todo el mundo y con cada uno. Sabíamos, por sus palabras, de sus afanes y desvelos. A Granada, crisol de culturas, también llegó como mensajero de la verdad y de la luz. Y el pueblo, todos los ciudadanos, sin distinción alguna, le arroparon. Las hemerotecas dan cuenta de ello, de una multitud enfervorizada. Pero ¿qué queda de aquel viaje del Papa? Es la primera pregunta que me hice a la hora de escribir este comentario. Para ello, me puse en el camino del diálogo, aquello que tanto cultivó Juan Pablo II, y confieso al lector haberme quedado sin espacio para participarles multitud de recuerdos hilvanados con enternecedoras palabras salidas del corazón de personas que vivieron el histórico acontecimiento.

Fueron muchas almas, y todas las instituciones unidas, las que se volcaron en aquel viaje. Era un entusiasmo que enganchaba a las más diversas gentes. Francisco Rodríguez Barragán, que estuvo en una de las comisiones de seguridad organizativa, nos participa un recuerdo que todavía hoy es vivo: «Fue todo; su presencia y lo que dijo, por encima de la lejanía física o de la fugacidad de su paso en el autobús de la Alsina, la sensación de verle era difícil de narrar con palabras. Personalmente, no olvidaré nunca cuando me estrechó la mano, sentí una alegría grande y una sensación altísima de gozo».

Por aquel entonces, se nombra delegado de medios de comunicación del Arzobispado a Jesús Blanco Zuloaga, ante el masivo interés internacional que supuso aquella visita, verdaderamente desbordante: «Nos llamaban de los más recónditos lugares. Había un cierto interés por conocer el texto del discurso de nuestro arzobispo, monseñor Méndez. Los periodistas venidos de fuera pensaban que se lo habíamos facilitado a los de Granada; y éstos, a su vez, pensaban lo contrario. Todo esto se aclaró nada más empezar a hablar el arzobispo y ver que no lo llevaba escrito. Fueron unas palabras inolvidables, llenas de cariño, frescas y con la naturalidad de hablar sin un guión preestablecido. La alocución resultó de una altura manifiesta y claridad meridiana».

Otra de las personas que trabajó duro y en primera línea, por su responsabilidad diocesana, fue Manuel Reyes. Sobre aquel momento vivido, nos cuenta: «Debo decir que mantengo un recuerdo inolvidable; fue un día grandísimo ver a millares de familias congregadas, la paz que se transmitía, el ambiente era de un gozo total; un testimonio ante el mundo de alegría que no se olvida».

Momentos felices

Realmente hubo muchos momentos felices para la evocación. Si tuviese que destacar alguno, aunque difícil sea, la imagen de Juan Pablo II a los pies de la Virgen de las Angustias es una estampa que me han recordado decenas de granadinos. Precisamente, alguien me advirtió, que el lema de su escudo fue 'Totus Tuus', que significa 'Todo Tuyo', como signo de consagración íntegra a la Virgen María. Sin duda, como dijo el entonces cardenal Joseph Ratzinger, en los funerales: «Ha encontrado el reflejo puro de la misericordia de Dios en María, Su Madre. Él, que había perdido a tierna edad a la suya, tanto más ha amado a la Madre divina».

De entre todos los testimonios que recibí sobre el momento de Juan Pablo II en nuestra ciudad, los publicados y otros que omito por falta de espacio, este último del que era vicario de Pastoral, Manuel Montoya, tiene una significación especial puesto que fue el encargado de leer el Evangelio. A propósito, nos dice: «Era un hombre que impresionaba, pero te miraba con un cariño especial. Su bendición, cuando me dio la mano y me la apretó fuerte, la lectura de la Palabra y sentir la emoción del pueblo, permanece para siempre en el corazón». El Papa que ha buscado el encuentro con todos, que ha tenido una capacidad de perdón y de apertura del corazón para todos, sigue muy presente en el corazón de todos los granadinos. Será una ocasión propicia acudir a la Santa Iglesia Catedral mañana lunes (3 de abril, 20.30 horas), con motivo de la celebración litúrgica por el primer aniversario, para darle las gracias por esos frutos, tan celestes como eternos, que todavía permanecen en todos nosotros.



Vocento


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