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Un balón para caminar

El africano trata de regatear a uno de los jugadores prebenjamines a los que entrena.
El africano trata de regatear a uno de los jugadores prebenjamines a los que entrena. / César Vargas
  • David Mendes perdió la pierna izquierda cuando sólo tenía siete años

  • Este guineano entrena con el Comarca de Níjar cadete, con el que prepara sus encuentros con la selección española de amputados

Cuatro años han pasado. El tiempo avanza como lo hacen las olas del mar en un día de imperceptible brisa: constantes, con un mentiroso aspecto de fragilidad e imparables en su camino. Sin embargo, David Mendes aún recuerda a la perfección ese día de diciembre del 2012 en el que llegó a Madrid para iniciar su nueva vida con sólo 14 años. Los familiares de este joven de Guinea Bissau, como otros cientos de miles de africanos, decidieron emigrar a Europa en busca de un futuro mejor que no muchos encuentran. Apenas cinco días estuvo David en la capital de España. Desde ahí cogió un autobús, atravesó Castilla-La Mancha, se adentró en Andalucía y llegó a la provincia de Almería, más concretamente hasta Campohermoso, en Níjar, donde lo esperaban sus tíos, con quienes vive. Su padre trabaja en Francia. Su madre sigue en Guinea Bissau. Una decisión, la de establecerse en otra cultura, que modifica la existencia de cualquier ser humano. Sin embargo, la vida de David Mendes había cambiado para siempre desde mucho antes.

Este joven guineano creció en su país natal, situado al noroeste del inmenso continente africano, bajo el amparo de un balón de fútbol. Amaba ese maravilloso deporte que le permitía evadirse de la dura realidad junto a sus amigos, los mismos con los que se resignaba cuando la noche, con su oscuridad innegociable, era la única que se atrevía a posponer sus partidos hasta el día siguiente. Así eran las jornadas hasta que David cumplió siete años. Ahí se truncó todo.

«Me encontraba cruzando la carretera y no vi un vehículo que se acercaba hasta mí bastante rápido. Intenté esquivarlo, pero al salir corriendo dejé la pierna izquierda atrás y el coche le pasó por encima. Me la tuvieron que amputar». Nada se pudo hacer para evitarlo. «Estuve dos años curándome la pierna. Mi madre no quería que saliera a la calle ni que hiciese nada de riesgo para que no volviera a hacerme daño. Fue muy duro», recuerda David Mendes. Un calvario que duró mucho más de lo que cualquier niño merece soportar. Sin embargo, los daños no sólo eran físicos.

El refugio perfecto

«Un día vi a mis amigos jugando al fútbol, y ahí supe que quería volver a estar con ellos». Con nueve años, David empezaba a salir de su casa por fin. Le tocaba hacer frente a su complicada realidad. En medio de esa incertidumbre que invade a cualquier persona que sufre un cambio tan repentino, el africano tenía una cosa clara: nada le impediría seguir disfrutando del balón.

«Al principio, mis amigos no me dejaban jugar con ellos porque decían que me haría daño y que podía darles con las muletas. Poco a poco fui acostumbrándome a jugar en estas condiciones por mi cuenta, y lo único que me preocupaba era qué decirles para poder convencerles de que me dejaran participar». David, prácticamente, les suplicaba. Volver a sentirse uno más lo era todo para él. «Les decía que no les haría daño, que yo sólo quería correr con ellos. Tardaron mucho pero, al final, terminaron dejándome jugar», explica con orgullo. El fútbol volvió a acompañarle hasta que se marchó rumbo a Europa.

Un paso al frente

«David apareció una tarde de mayo para preguntarnos si podía entrenar por su cuenta para preparar un torneo de verano que iba a jugar con la selección. No hubo problema para ello, pero al poco tiempo se dio cuenta de que entrenar en solitario no le servía. Entonces, habló conmigo y me pidió estar con el equipo cadete. Acepté, pero le avisé de las condiciones: yo no podía modificar los entrenamientos por un jugador cuando tenía a 22 con otras capacidades. Me respondió que no pasaba nada, que él se adaptaba». Juan Miguel González, entrenador del Comarca de Níjar cadete, fue una de las primeras personas del club en tener contacto con David Mendes. Al guineano, desde 2012 en Campohermoso, le costó tres años y medio atreverse a dar un paso tan importante.

«Fue muy difícil tomar la decisión porque me daba vergüenza jugar en público. No quería que me viera la gente, y practicaba delante de mi casa con mi vecino y mi primo», desvela David, ya con 18 años. Cuando recibió la llamada de la selección española de amputados supo que era el momento de dejarse ver. «Yo estudio en el IES Campos de Níjar, donde curso 4º de la ESO. Tengo un profesor, Jorge Rodríguez, que es un gran aficionado al fútbol. Le dije que quería jugar y él se interesó porque veía que me gustaba mucho este deporte. Entonces, encontró la web de la selección española de amputados. Le pidieron un vídeo de mí, se lo mandé y me llamaron para ir a una concentración».

«Es un chaval al que veíamos jugar en la calle, en el campo de tierra que hay junto al Palacio de Congresos, y casi corría más que los que tenían dos piernas. Es impresionante la destreza que tiene con el balón. Es surrealista. Hace cosas que yo, con las dos piernas, no puedo hacer», comenta Juan Pablo Jurado, también técnico del Comarca de Níjar.

«Durante las dos primeras semanas de entrenamientos sólo me fijaba en David. Era alucinante. No mentía: podía hacer lo mismo que los demás. Incluso ejecutaba los ejercicios mejor que muchos compañeros», apunta Juan Miguel González. «El vestuario le ayudó desde el primer momento. Es uno más del equipo», explica.

Entrenador

Pero David Mendes no sólo es futbolista, sino que también se encarga de ayudar a Víctor Brando, técnico del prebenjamín A, que milita en Segunda Andaluza. «Propusieron desde el club que tuviera un ayudante en el equipo, pensaron en David y lo recibí con los brazos abiertos. Sabía la pasión que tiene por este deporte, y no me lo pensé», admite Brando. «Es importante que los niños sepan que, aunque la vida te ponga barreras, siempre pueden seguir adelante con su pasión y adaptarse a cualquier situación», concluye.

«Es la mayor historia de superación que he visto en el mundo del fútbol. Es impresionante la capacidad que tiene de seguir adelante, de decir que no tiene ningún problema y de verlo todo con optimismo», cuenta, emocionado, Juan Miguel Jiménez.

«La gente me dice que alucina conmigo y, a veces, yo también lo hago», reconoce David Mendes, que se apoya en su inquebrantable fe. Acude a misa cada fin de semana y da catequesis a los niños. Y sonríe. Sobre todo, sonríe. «Disfruto cada balón que toco y cada partido que juego. Me da igual que sea en la calle o con la selección española». Le da igual que aquel maldito coche quisiera acabar con sus sueños hace 11 años. El fútbol puede con todo. David también.