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Cuando el problema son los padres

El problema son los padres
  • Los expertos advierten de que el 'oversharing' o exposición excesiva de los menores en Internet no es sólo un tema moral, sino también legal. ¿Dónde está el límite a la hora de colgar fotos de los hijos en redes sociales? ¿Somos conscientes de los riesgos a los que se exponen?

La cadena puede empezar por algo que muchos entenderán como un guiño inocente: una ecografía. «¡Estoy embarazada!». El mensaje y la imagen, colgados en redes sociales, corren como la pólvora entre amigos y conocidos. Luego llegan todo tipo de detalles sobre la evolución de la gestación, el hospital y la carita del bebé. Su primer paseo, su cumpleaños, los hermanitos, los juegos en el parque, las excursiones en familia... La vida del niño, en fin, expuesta de manera constante a la vista de todos los que tienen acceso a las cuentas personales de los padres. El fenómeno se conoce como 'oversharing' (compartir información personal de manera excesiva y/o compulsiva) y no es ni mucho menos una excepción. Sobre todo cuando se habla de menores. Existen incluso estudios que ponen cifras aproximadas a ese ejercicio constante de compartir la vida de nuestros hijos a golpe de 'clic'. La compañía británica Nominet hizo el cálculo entre los padres ingleses, pero las conclusiones son perfectamente extrapolables a España: cada uno colgaba de media 200 fotos al año de sus hijos menores de cinco años. Es decir, al llegar a esta edad los niños ya acumulaban una media de mil fotos en las redes sociales. Echen cuentas.

Las preguntas surgen de manera automática: ¿Es razonable que niños tan pequeños estén expuestos de ese modo en las redes sociales? ¿Dónde está el límite que separa este tipo de fotografías del derecho a la intimidad del menor? Y algo aún más inquietante: ¿Son los padres conscientes de los peligros a los que exponen a sus hijos cuando comparten de manera compulsiva todos los detalles de su vida cotidiana? «Decididamente, no». La conclusión sale de boca de Alicia Piña, abogada y miembro de la Comisión de Menores de la Asociación Profesional Española de Privacidad (APEP), que sabe de lo que habla cuando advierte de que «la sobreexposición del menor en redes sociales puede ser potencialmente lesiva para su integridad física». Su diagnóstico no es exagerado, más aún si se tiene en cuenta que a veces las imágenes contextualizan claramente al niño en su entorno escolar, en su localidad de residencia y hasta en el parque al que va a jugar; con todo lo que eso implica: «De ese modo tenemos al menor localizable o al alcance de cualquier individuo que busque emplear su imagen para fines perversos, o hasta busque su cercanía física», reflexiona Piña.

Por supuesto estos últimos casos son los más extremos, pero existe un amplio abanico de perjuicios que pueden colocar al niño en una posición incómoda por su exposición en redes sociales y que chocan de lleno con su derecho a la intimidad y a la propia imagen, reconocidos específicamente en la legislación española. También en la Convención de los Derechos de la Infancia (1989), que alude en los mismos términos a la necesidad de que los menores tengan garantizados su honor y su dignidad; o en la Ley de Protección de Datos, que recuerda que los padres son los responsables últimos del material que se cuelga de sus hijos en redes sociales hasta los 14 años (a partir de ese momento ya es una cuestión que asume el propio menor).

Por eso hay que ser especialmente cuidadoso con las decisiones que se toman en ese primer tramo de la vida de los hijos, y no sólo por un tema moral, sino también legal. «Los padres pueden pensar que comparten las fotos desde el amor y asumiendo que hoy también se vive en la red, pero no todo vale», sostiene por su parte el psicólogo forense de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia y Juzgados de Menores de Madrid y doctor en Psicología Clínica, Javier Urra, que tiene claro dónde está esa línea roja que no se debe cruzar: «La intimidad debe de estar por encima de todo porque el ser humano es un animal que necesita de esa condición para desarrollarse». Y eso, por supuesto, incluye a los hijos a pesar de que los padres piensen que sólo están compartiendo una foto tierna o divertida.

¿Y si pide explicaciones?

Pero Urra va más allá en su reflexión: «¿Qué ocurre si tu hijo, dentro de unos años, te pregunta que por qué lo hiciste, que por qué colgaste determinadas fotos que no lo dejan en buen lugar y cuyo rastro ya no se puede borrar?». El debate entre ambos podría resolverse con más o menos tensión en el ámbito familiar, pero es un hecho que hay países que ya han comenzado a tomar cartas en el asunto y que han incorporado la cuestión al capítulo legal. Es el caso de Francia, que vivió un intenso debate social el pasado mes de marzo a raíz de la iniciativa de una página de Facebook en la que, bajo el título 'Motherhood Challenge', invitaba a los padres a subir tres fotos de sus hijos en redes sociales y hacerlas públicas, y a la vez pedir a diez contactos que hicieran lo mismo. La avalancha fue tal que la Gendarmería Nacional francesa tuvo que intervenir para recomendar a los padres no seguir la cadena y para recordar, además, que con ese gesto podrían estar violando las leyes de privacidad del país galo, que establece que en caso de sobrepasar los límites con las publicaciones de imágenes de los menores los padres se exponen a multas de hasta 45.000 euros e incluso a un año de prisión.

El caso de Francia, que ya cuenta con alguna sentencia en este sentido, no es ni mucho menos aislado. El pasado mes de septiembre, una joven austriaca de 18 años decidió acudir a los tribunales para demandar a sus padres porque estos no habían eliminado de su cuenta de Facebook fotos que le habían tomado y publicado contra su voluntad cuando era menor y que ella consideraba «embarazosas». La chica decidió dar el paso tras pedir sin éxito a sus progenitores en reiteradas ocasiones que retiraran más de 500 fotos. «No les importó si estaba sentada en el inodoro o desnuda en la cuna, con esos retratos cada momento privado se convirtió en algo público», manifestó la joven en declaraciones recogidas por medios de comunicación de media Europa. El caso está aún por resolver en los tribunales, pero su abogado, Michael Rami, insiste que su cliente tiene muchas posibilidades de ganarlo.

Los hijos pueden denunciar

En España ese paso de la demanda podrían darlo los menores «a partir de los 16 años tras su legal emancipación», según confirma Piña, pero es un hecho que en nuestro país el fenómeno del 'oversharing' ha avanzado a una velocidad diferente a la de Centroeuropa y los niños que se hayan visto afectados por la sobreexposición en redes de manos de sus padres aún no han llegado a ese límite de edad. Es decir, que habrá que esperar.

En cualquier caso, no es un disparate que llegado el momento se reproduzcan cuestiones legales «similares y que los padres tengan que enfrentarse a esa tesitura». Así lo defiende la inspectora Lidia Avivar, delegada de Participación Ciudadana de la Policía Nacional en Málaga, quien por supuesto alerta contra los excesos que algunos adultos hacen al publicar las fotos de sus hijos en las redes sociales pero que lleva el debate mucho más allá: «Lo realmente sorprendente es que los padres no están a la altura del nivel que tienen los hijos en el manejo de redes sociales. Ellos han crecido en ese entorno digital y muchos progenitores van por detrás por falta de información, pero también por falta de interés». En este sentido, la inspectora muestra su sorpresa al comprobar que aún no es mayoritaria la presencia de los padres en las charlas abiertas que ofrece la Policía Nacional en los colegios sobre asuntos de calado para los niños como el acoso escolar, la prevención de las drogadicciones y sobre todo el uso (y el mal uso) de las redes sociales. «Y es recomendable que asistan», subraya Avivar poco antes de dejar una última reflexión: «Los niños actúan por imitación. Es decir, no podemos decirles que hagan un buen uso de Internet y de las fotos que cuelgan si por otra parte nosotros estamos dando el ejemplo contrario».

A pesar de que el mensaje de la policía trata de alejarse todo lo posible del alarmismo y recomienda que es mejor guiarse por el «sentido común», está comprobado que algunas de las imágenes de los menores pueden caer en las manos incorrectas y terminar como pasto de las redes de acechadores y pederastas en la 'Deep Web' (también conocida como 'Internet profunda' porque contiene información que no indexan los motores de búsqueda). Pero ese no es el único peligro. Existen otros igualmente dañinos para el menor, como el robo de identidad por parte de desconocidos que falsifican perfiles de usuarios con estas fotos para acercarse a otros niños o el acoso escolar.

En este último punto, la delegada de Alia2 en Andalucía, Marta González, tiene mucho que aportar por su experiencia al frente de este proyecto que trata de hacer de Internet un lugar más seguro para los menores. La especialista se refiere específicamente al riesgo de que el menor que ha vivido de cara al público porque sus padres han colgado todo tipo de fotos de su infancia sufra algún episodio de acoso escolar por parte de compañeros que han tenido acceso a cierto tipo de imágenes: «Es la herramienta perfecta para el hostigamiento. Algunas fotos son la excusa para hacer daño... ¿Te imaginas que tus padres tienen en su perfil y al alcance de todo el mundo una foto tuya vestido de vaquero y otras que sean un poco ridículas?», se pregunta González, muy crítica con el «narcisismo» que proyectan algunos progenitores cuando exponen a sus hijos en las redes y convencida, al fin, de que el mensaje no ha terminado de calar: «Esas cosas al final repercuten en los niños y no tenemos derecho a utilizarlos de ese modo».