La Policía reabre la investigación sobre la muerte de la primera hija de la asesina

Patio del edificio donde cayó al vacío la primera hija de Ana Julia en Burgos. / EFE

La pequeña cayó de un séptimo piso en Burgos en 1996 y los investigadores cerraron el caso como «suceso accidental»

M. SÁIZ-PARDOMADRID.

El caso se archivó casi de inmediato. Los investigadores de la Policía Nacional apuntaron a una muerte accidental, a un terrible accidente doméstico, y el Juzgado de Instrucción 6 de Burgos dio carpetazo al asunto sin apreciar indicios de criminalidad. Pero ahora, tras el presunto asesinato del pequeño Gabriel Cruz, la Policía y la Guardia Civil quieren reabrir el caso de la muerte de la primera hija de Ana Julia Quezada Cruz, hace ahora justo 22 años en Burgos. La pequeña, que apenas tenía cuatro años, apareció muerta la mañana del 10 de marzo de 1996 tras precipitarse desde un séptimo piso.

La niña se llamaba Ridelca Josefina Gil Quezada y tenía 4 años. Había nacido el 22 de agosto de 1991 en República Dominicana fruto de la relación de Ana Julia con su compatriota Santiago Gil. La presunta asesina trajo la niña a España en diciembre de 1995, según recogen los informes policiales. Quezada había conseguido el visado para entrar en España el 17 de mayo de 1993 y obtuvo la residencia legal el 16 junio de 1994 al casarse con el español Miguel Ángel R.D., quien a la postre se convirtió en el padre de su segunda hija, hoy una mujer de 24 años, que reside en Burgos junto a su progenitor y que ha tenido que ser ingresada por una crisis nerviosa tras conocer las acusaciones contra su madre.

Con la residencia legal, Ana Julia Quezada Cruz no tuvo problema para que Ridelca se instalara junto a su nueva hermana pequeña en la casa de la familia en una casa del séptimo piso de la calle Camino Casa La Vega 41, de Burgos.

Los atestados revelan que la Policía ni siquiera interrogó entonces a Ana Julia, presa al parecer de un ataque de nervios

Pero solo tres meses después sobrevino la tragedia. O el asesinato. Aquella mañana del 10 de marzo de 1996, Miguel Ángel R.D., padre adoptivo de la pequeña Ridelca, fue a despertar a las dos niñas, que entonces contaban con 4 (Ridelca) y 2 años. Pero en su cama solo encontró a la menor. Cuando se dirigió a la habitación contigua que se usaba como sala de juegos vio que la ventana, con doble acristalamiento, estaba abierta, con la persiana casi totalmente subida y que junto a la ventana había una mesita baja de unos 40 centímetros de altura. Cuando se asomó al patio interior donde daba la ventana contempló el cuerpo sin vida de Ridelca en una terraza de la primera planta.

Sonambulismo

La investigación no arrojó «indicios de criminalidad», según recuerdan responsables policiales, que ahora se muestran, no obstante, bastante críticos con aquellas indagaciones. La versión de la familia convenció a la Policía. La niña, adujeron, no se había adaptado bien a su nueva vida en España. No obstante, los investigadores no profundizaron mucho en el tema y se limitaron a apuntar la posibilidad de que el salto al vacío de la menor hubiera sido fruto de su sonambulismo.

Los atestados revelan que la Policía ni siquiera llegó a interrogar a Ana Julia Quezada, bajo el pretexto de que sufría una crisis nerviosa. La Policía tampoco pudo determinar la hora de la muerte. Ningún vecino escuchó nada antes de los gritos de espanto del padre a primera hora de la mañana, cuando descubrió el cuerpo de su hija adoptiva en la terraza del primer piso.

Los agentes destacaron que no había nada en la familia que hiciese sospechar algo extraño. Quezada, aparentemente, no tenía problemas psiquiátricos. Era apreciada y muy conocida en el barrio, donde trabaja en la carnicería Felipe Gónzalez e hijos, en la misma calle en la que vivía y en la que murió su hija. Con ningún indicio que apuntara a un crimen y con la exigua investigación del caso, el instructor cerró el sumario sin señalar a nadie.

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