El Patio, 366 días después del derrumbe

Plano general de El Patio, aún apuntalado en sus pasillos./S. G. H.
Plano general de El Patio, aún apuntalado en sus pasillos. / S. G. H.

Ayer se cumplió un año desde la caída de Santiago y el desalojo de madrugada de más de 200 personas, quienes hoy lamentan que nada haya cambiado | Urbanismo afirma que el proceso administrativo ha finalizado, por lo que los propietarios deben afrontar la reparación

Sergio González Hueso
SERGIO GONZÁLEZ HUESO

Santiago es grande como un coloso pero vive con miedo. Le pasa lo mismo a su hermano, padre o a sus dos hijas. También a su vecina, que hasta estuvo un año en la cárcel. Un día 'El Borracheras' salió huyendo despavorido así como hacen todos aquellos que no les obliga la mala suerte a dormir en El Patio. Un golpe, unas gotas de lluvia o una racha de viento. El grito de un niño, una pisada rotunda o un portazo. Un mueble arrastrado, un salto tranquilo... el pelotazo.

Todo lo que se hace notar sin avisar produce hoy escalofríos en este maltrecho vecindario, que se traumatizó a la vez el 27 de enero de 2017, hace justo casi un año, que es el tiempo que ha pasado desde que a Santiago, el coloso, se le vino abajo el suelo de su pasillo. «Voy ya, cógeme», le dijo a su Señor mientras caía por un agujero camino de la muerte. Aquel día, precisamente en el que volvió a nacer en vez de morir, este pastor evangélico encarnó el mal augurio que siempre se ha cernido sobre los habitantes de estos bloques de edificios del histórico barrio de Pescadería-La Chanca.

Con más de 60 años de antigüedad ahí, en el mismo lugar, continúan los cuatro bloques que forman las 180 viviendas que desde hace años no presagian más que malas noticias para sus ocupantes, quienes sabían con certeza que un día alguien saldría mal parado. Así fue, aquel mediodía el desprendimiento no sólo mandó a Santiago al hospital, también obligó al Ayuntamiento a desalojar forzosamente, de urgencia y ya de madrugada a 232 personas, menores incluidos, a los que no podían garantizar la seguridad.

Gabriel, el hermano del herido, recuerda todo como si hubiera pasado hace un par de días: «Estaba en el hospital cuando me llamó mi cuñada diciéndome que fuéramos rápido porque nos echaban de las casas. Fuimos lo antes que pudimos pero cuando llegamos ya la policía no nos dejaba pasar, acabamos todos en el pabellón», explica. Su recuerdo es muy amargo. Sobre todo porque le impidieron recoger de su casa la medicina que mantiene el corazón de su mujer sin sobresaltos. «Sé que era una urgencia pero no lo hicieron bien», se queja. Su vivienda había pasado de la noche a la mañana a ser sospechosa. Como todas. A pesar de años de advertencias, no fue hasta ese fatídico día cuando vivir ahí se convirtió en un peligro.

La caída de Santiago en uno de los pasillos comunes convenció a los técnicos de que aquello no era seguro para nadie. Había que desalojar y así se hizo tras una decisión, la más difícil que tuvo que afrontar un alcalde que acababa de cumplir un año con el bastón de mando, que se tomó en un gabinete de crisis que reunió alrededor de una mesa a representantes de todas las administraciones competentes. Eran muchos los riesgos que se corrían, pues además de los informes técnicos, que hablaban de una situación más que precaria en las zonas comunes de El Patio, había que asegurarse de que un desalojo con niños y en una zona socialmente tan sensible no empeorase la situación.

Tras un recuento por los Servicios Sociales, se procedió a precintar una por una las casas y a realizar un traslado de los vecinos que se hizo en varias fases y destinos. Fue una semana entera lo que estos vecinos tuvieron que estar fuera de sus viviendas. Aquellas noches fueron largas, demasiado. Un crisol cultural, los habitantes de El Patio tuvieron que repartirse entre el pabellón de deportes del barrio, el albergue o incluso el Hotel La Perla, a donde llevaron a las mujeres de religión musulmana con sus hijos al no poder compartir noche y estancia con otras personas fuera de su ámbito familiar.

Hubo de todo. Cortes de carreteras de indignados, visitas a media noche, quejas, lloros y reuniones entre los vecinos o las autoridades para agilizar un realojo que sólo se produjo tras una actuación de urgencia del Ayuntamiento, que aseguró los pasillos con puntales. «Los días después de volver a nuestras casas después de haberse caído mi hermano nos pasábamos todo el día en el puente. Por miedo sólo íbamos a casa para dormir, nadie se fiaba a pesar del arreglo», cuenta Gabriel, que cree que los bloques ya no los salva nadie.

Los puntales y la ejecución

El miedo corroe cada uno de los rincones de El Patio. Esta sensación de la que no se huye pasó a ser un vecino más que no discrimina por sexo, edad o religión. Y así lleva siendo los últimos 366 largos días.

Asmae señala el techo de la cocina. Esta llena de humedades y de grandes grietas. Pasa a una de las habitaciones donde una parte del techo se ha venido abajo sobre el armario. No puede entender cómo puede seguir conciliando el sueño en una vivienda que está en condiciones ruinosas. Su vecina, más mayor, sale a uno de los pasillos y habla del agujero que existe en el piso superior. Este es enorme, un puntal lo atraviesa y por el hueco se deja ver la endeble estructura cuya edad es ya la de la jubilación.

«Cada ruido es un suplicio, la mayoría de nosotros salimos corriendo a la calle. Estamos siempre con el '¡ay¡'», explica otro vecino, quien no sabe ya ni qué decirle a los que mandan. Paga la hipoteca de su vivienda y sus facturas pero a duras penas le llega para nada más. No quiere ni oír hablar de tener que pagar los 7.000 euros en los que el Ayuntamiento cifra los costes por persona de la reparación de los pasillos y la cubierta de estos bloques. A pesar de que afrontaron la intervención de urgencia que se realizó en El Patio los días siguientes del accidente, el área de Urbanismo no se ha cansado de decir desde entonces que las viviendas son privadas y que son los propietarios los que deben pagar su arreglo. No obstante, tras los informes técnicos iniciaron un procedimiento administrativo -una orden de ejecución- instando a los dueños de las casas a llevar a cabo las reparaciones definitivas y pertinentes para que estas no supongan un peligro público.

Varios fueron los que alegaron llegando algunos hasta plantearle a la administración un recurso de reposición. Hasta el día de hoy todo se ha desestimado cerrándose de esta forma la vía administrativa. Sólo toca pagar o ir a los tribunales. La opción de la ejecución subsidiaria está metida en un cajón, algo inexplicable para el vecindario: «¿Pero qué se creen, que si no fuéramos pobres íbamos a vivir aquí?», señala Gabriel.

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