No puedo proteger siempre a mi hijo. Pero tú sí

El Eje

¿Cómo no ponerse en la piel de los padres de Gabriel? ¿Cómo no sentir la tragedia como propia?

No puedo proteger siempre a mi hijo. Pero tú sí
JOSÉ E. CABRERO

Acosté a mi hijo pensando en Gabriel. Creo que todos lo hicimos. Todos hemos pensado en nuestros hijos, incluso los que no son padres. Me he sorprendido varias veces mirando a Patricia y a Ángel, los padres de esta historia, con alivio. Sí, alivio. Les miraba a ellos y luego miraba a mi hijo. Miraba a todos una y otra vez mientras repetía el mantra que empleaba mi profesor de Historia: “Una bomba no cae dos veces en el mismo sitio”. Como si Gabriel nos librara al resto de la tragedia. Como si Gabriel nos quitara probabilidades, nos hiciera inmunes a la desgracia. Como si Gabriel nos protegiera.

La almohada, sin embargo, me dio un bofetón. Mi hijo dormía pero yo no podía cerrar los ojos porque seguía pensando en Gabriel. Porque Gabriel también es mi hijo. Podría serlo.

No puedo vigilar a mi hijo las 24 horas del día. No puedo estar a su lado cada vez que se caiga. No puedo empujar al imbécil que le saca una navaja en la puerta del cine. No puedo bloquear los tuits que intenten hundirle la moral. No puedo evitar que cruce en rojo. No puedo cogerle de la mano cuando el estómago le cruja. No puedo acompañarle por todos los caminos que decida emprender...

No puedo protegerlo siempre. Pero tú sí.

Es una idea absurda, simple y egoísta. Pero me daría cierta paz que firmáramos este contrato: tú y yo. Porque yo no puedo proteger a mi hijo siempre pero, si tú cuidas de mi hijo cuando yo no esté, tal vez los dos estemos más tranquilos. Piénsalo. Quizás te cruces con mi hijo una vez en la vida. Sólo te pido que, cuando lo hagas, te encargues tú de echarle un ojo. Sí, ya sé que es una gran responsabilidad. Pero prometo hacer lo mismo con tus niños. Todas las veces que haga falta.

Quizás te cruces con mi hijo una vez en la vida. Sólo te pido que, cuando lo hagas, te encargues tú de echarle un ojo

Yo también he admirado a Patricia desde el primer día. Admiración y miedo porque no creo que yo pudiera ser tan valiente, tan bondadoso, tan brillante. Tan solo deseo que los cobardes como yo dejemos de pensar en Gabriel como nuestro escudo en la vigilia para que él pueda, desde las estrellas, dedicarse a ser la constelación eterna de sus padres.

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