Ideal

Estudiantes o el empaque de una cofradía de siempre

Ocio y religiosidad, fundidos en la Semana Santa capitalina.
Ocio y religiosidad, fundidos en la Semana Santa capitalina. / JOSÉ LEYVA
  • Ver transitar a la cofradía universitaria es tener la sensación de vivir en un momento atemporal

Podría ser Miércoles Santo de 2017 o de 1895, Estudiantes tiene en su cortejo ese halo de eternidad que te extrae del tiempo y te sumerge en la visión de un desfile procesional en el que solo importa el la cofradía y, por encima de todo, sus titulares. ¿Qué eso cómo es posible? No lo sé, debe ser cosa del misticismo de estos días. Aunque, si les soy sincero, tampoco me importa. Solo importa que es algo que ocurre y que, sinceramente, merece la pena disfrutarlo como tuve oportunidad de disfrutarlo anoche.

Me fui a ver a Estudiantes en un rincón que, sin ofrecer un marco idílico, sí que encierra parte de ese algo atemporal: Desde Pedro Jover hasta la Puerta del Mar y la embocadura de la calle Real fue donde la cofradía me sacó del tiempo. Y vale que estamos hablando de una zona de la Almería histórica en donde podemos encontrar edificios tan singulares como el Hospital provincial o el Centro andaluz de la fotografía, incluso el kiosco de la hormiguita.

Es esa Almería de siempre, la que siempre he conocido así, la que hunde los cimientos de sus edificios en la historia musulmana y huele a fuente de los peces y a galeones y a ferrys. Sea como fuere, ese fue el marco que consiguió conferir al cortejo universitario su halo de eternidad.

Veía el cortejo, las hileras de nazarenos, las representaciones de los diversos estamentos universitarios, las insignias, los ciriales y, aún siendo elementos individuales, seguían transmitiéndome la visión del todo, de Estudiantes. Sé que estoy contándoles algo que parece no tener sentido, soy totalmente consciente de ello. Por esa razón, aquí y ahora les invito a que, el año que viene, vayan a ver a Estudiantes a esta zona de su recorrido y luego, si quieren, me cuentan qué les ha parecido.

Pero continuo, que queda mucho que contarles. Los pasos, los dos pasos de Estudiantes... ¡Qué maravilla! Qué arreglos florales, qué empaque, qué arte, qué ¡Todo! Igual fue cosa de la noche maravillosa, de la ausencia de viento, de los candelabros y las candelerías encendidas, del andar de las cuadrillas, de la música de la agrupa y de los Iris, pero era levantar la vista y mirar a las imágenes y toparte de bruces con el mismo Dios y con su Madre.

Sí, se supone que eso es lo que tenemos que ver cuando miramos al Señor de la Oración y a la Madre del Amor y la Esperanza, pero voy más allá cuando digo lo de encontrarse con Dios y su Madre. Sí, la cara es la de ellos, pero sentirles el alma es lo que me pasó anoche.

Me acordé de Pedro Pavón, como se estuvo acordando la hermandad todo el desfile con esa vara tejida al respiradero del palio y, en las flores de cera que brillaban entre las velas, imaginé sus manos. Qué a gusto habrá estado este año sentado a la derecha de Jesucristo contándole el cariño con que trataba a su Madre del Amor y la Esperanza.

Felicité a varios hermanos y amigos a los que reconocí en el desfile. Sé que no es decoroso cruzarse en medio del cortejo, que no es respetuoso interrumpir a un penitente en su Estación de Penitencia porque ellos, quienes están en las filas, están haciendo penitencia y nosotros, los que estamos fuera, somos espectadores. Pero el cariño y la familiaridad son inevitables y, cuando tus amigos consiguen con su puesta en escena traerte a Dios delante de tus narices, no felicitarles sería la mayor de las equivocaciones.

Anoche Estudiantes obró un milagro en la Almería de siempre. Y nunca tendré palabras suficientes para agradecerles que trajeran a Dios y a su Madre al suelo almeriense y que se lo ofrecieran a la ciudad con el arte y el empaque que solo tiene la hermandad que es tan maestra que es capaz de enseñarte sus lecciones como si fuera 2017 o 1895.