Ideal

"El premio real es que la gente venga a los conciertos"

"El premio real es que la gente venga a los conciertos"
/ J. J. MULLOR
  • Pablo Mazuecos es pianista y fundador de Classijazz donde se une lo clásico y el jazz, y que lleva la música minoritaria a la mayoría desde hace casi 20 años

  • "En el Georgia nos colaban siendo menores de edad. Iba con Federico Rebolloso y aquello era una aventura. Allí conocí a Fabio Miano y allí empecé a coger el hábito del concierto"

Los paseos por el parque Nicolás Salmerón son los primeros recuerdos que Pablo Mazuecos conserva de la Almería de poco después de haberse asomado por vez primera a su luz desde la Bola Azul cuando la década de los setenta apuntaba a su final. Sin embargo, la mayor carga de imágenes de entonces lo llevan al escenario del Puerto de Roquetas de Mar, y a aquella casa familiar que se convertía en el gran auditorio musical del complejo residencial en el que vivía. Allí, entre el olor al Mediterráneo y el futuro por hacer, el pentagrama de la vida empezó a transcurrir al ritmo que marcaban los tiempos, entre los madrugones para llegar al colegio San Luis, en la capital, y las prisas por estar en casa para descansar y vuelta a empezar al día siguiente. Entre medias, una niñez que se estiraba entre descubrimientos. Primero lo reglado, lo formal... después la devoción convertida en felicidad completa con los ecos que casi a diario rebotaban en el entorno de la calle Canto del barrio de Puerto Sol, convertida en un río de música y cantos que arrastraba los sones y rompía la monotonía alargando las veladas especialmente cuando se acortaban las noches con su silencio transformado en música. “Recuerdo que quisieron cambiarle el nombre a la calle y nos manifestamos todos los vecinos, una veintena de familias, en su mayoría de maestros y todos con afinidad musical. Aquél era un barrio muy musical. Se mantuvo el nombre la calle, faltaría más”

La música está claro que formaba parte de usted desde que nació y en lugar de dar un grito de vida sostuvo el do y mantuvo el tipo con toda la escala, una manera muy suya de dar la nota. Pero ¿qué otras cosas hacía?

Tenía tiempo para muchas cosas. Aparte del colegio y el conservatorio, jugaba al tenis y al ajedrez. Y por supuesto, el mar, la pesca y mantenía los ojos abiertos ante esa realidad que cruzaba a diario por mi casa, por mi familia. Mis padres son maestros de educación especial y tenían mucho contacto con asociaciones y organizaciones humanitarias, se relacionaban con personas con discapacidad, con gente misionera... y de eso aprendí lo importante que es atender lo que piden, que no era ni es otra cosa que se les procure alegría. Quizá por eso cuando más disfruto no es tocando el piano, sino viendo a la gente que se lo pasa bien cuando toco y eso que tocar el piano es una sensación sublime, pero ver a la gente disfrutar y salir de todos los conciertos emocionados y felices no se paga con nada.

El comienzo

Parece que esa filosofía es lo que aplica a su modelo cultural

Las cosas no hay que hacerlas para eruditos, sino para crear demanda, para educar, para dar esa oportunidad de conocer algo que está ahí, algo que se crea en un espacio y en un momento determinado. Y eso, en definitiva, es también la música. Hay muchos modelos, pero ese es el que una serie de personas y yo mismo hemos elegido. Posiblemente nos saldría más barato irnos a un concierto a Copenhague.

Lo que plantea es que hay que compartir lo que nos gusta

El concepto de compartir es lo que he adquirido desde niño, con mis padres. Todos los días teníamos sesión de habaneras, boleros, música andina... música de verdad, de la que escuchas todos los días. De la misma forma que hay vecinos y amigos que se juntan para echar una partida de dominó, en el porche de casa echábamos nuestra partida de música. Y aquello era magnífico porque la música se nos metía por los poros y te llevaba.

¿Y además de lo que se proyectaba desde la familia, de qué otras fuentes musicales bebía?

Recuerdo la Asociación Filarmónica y los conciertos que organizaba en Unicaja y recuerdo el Georgia, donde nos colaban siendo menores de edad. Iba con Federico Rebolloso y aquello era una aventura. Allí conocí a Fabio Miano y allí empecé a coger el hábito del concierto. En Almería entonces no había mucho donde elegir ni existía un modelo a seguir.

Por eso no podía echar nada de menos ¿no? Realmente la oferta era la que había y sin más alternativas.

Desde luego no era como ahora, que tenemos un modelo como el Clasijazz, La Oficina o La Guajira, ofertas diversas desde una perspectiva similar y que se están convirtiendo en referentes almerienses porque la programación propia se ofrece a más gente, se extiende.

La obra

¿Dónde está el éxito de Clasijazz?

El propio nombre te da una pista. Hemos unido lo clásico y el jazz y nuestra trayectoria es partir de una música minoritaria para hacerla mayoritaria. Eso es lo que queríamos hacer y lo estamos haciendo. Esta música llega ahora a más gente, hemos extendido lo que nos gustaba a nuestros amigos y se ha seguido con los amigos de los amigos y así sucesivamente. La Asociación se puso en marcha en 1998 con 20 socios y el local empezó a funcionar en 2003 en Puerto Pino. Ahora hay 250 socios y no solo hacemos música, también danza, con 25 ciclos y cada ciclo con una actividad al mes, talleres...

¿El modelo que han puesto en marcha es un ejemplo a seguir?

En Andalucía, en la actualidad, existe un tejido asociativo que sigue esta pauta. Existen pequeños centros educativos no reglados que ofrecen talleres muy interesantes. Se han creado distintas asociaciones con este modelo. Hay una federación llamadas Andajazz que incluso ha recibido premios fuera, aunque el premio real, el que de verdad vale, El premio real , el que de verdad vale, es el ver cómo viven y sienten los conciertos todas las personas que vienen a Clasijazz y que ayudan a que la música en directo nunca muera, que no esté en peligro de extinción.

¿Existe ese peligro?

Aquí parece que lo hemos frenado. Este es un centro de creación de demanda artística desde el que llevamos a cabo iniciativas muy importantes con la participación de niños de toda la provincia. Hemos creado y puesto en marcha proyectos de cara a ese futuro, como las Big Band infantiles y también insistimos con la universidad. Además, tenemos un programa estable con 25 conciertos mensuales de diferentes estilos y hemos puesto en marcha un proyecto como el Integral de Mozart que, en cinco años, nos ha permitido hacer 215 obras de las casi 700 de las que consta.

¿No hay elitismo en su propuesta?

Todo lo contrario. Basta con atravesar nuestra puerta y comprobarlo. Hay un trato familiar y todo lo que hacemos lleva ese sello de familiaridad. No somos un club social, sino un grupo de personas que pensamos que se necesita educación musical y artística para evolucionar como personas y que además queremos que haya cosas donde la gente se organice y se hagan cosas interesantes.

¿Y eso se entiende en Almería?

Hay más interés fuera por este proyecto que en la propia Almería, pero eso no quiere decir que aquí no exista. Los socios lo apoyan y en todo lo que hacemos están los socios. Lo mismo sería más fácil tirarnos a lo comercial pero creemos que eso no dura y lo que queremos es que la música perdure. Por eso nos esforzamos y nunca arrojamos la toalla.

¿En ese esfuerzo está el traer a grandes figuras?

En febrero vamos a contar con un músico de primerísimo orden internacional como es Brad Mehldau, un pianista que viene a España a dos sitios: Madrid y Sevilla, a dos grandes auditorios donde prácticamente ya no quedan entradas y va a tocar aquí, en nuestro local, para 140 personas. Esto demuestra que trabajando todo se puede conseguir, que no hay que desfallecer y que ese trabajo tiene un reconocimiento fuera de Almería. Brad Mehldau no vendría si no supiera que existimos y no conociera la labor que hacemos.

Chin pum

¿Además del musical, qué otros palos ha tocado?

Estudié LADE en la Universidad de Almería aunque no terminé los estudios. Me sirvió para montar una empresa con un profesor de la Ual y un amigo, ‘Servicios Musicales’. Doce años de empresa trabajando y dando trabajo a muchos músicos, más de un centenar y un espectro amplio de demandas en bodas, amenizando eventos.... También me dio por la Bolsa, por el mercado de valores, todo un aprendizaje que me ha servido de mucho.

¿Servirá para garantizar el futuro?

Con cien socios más podríamos llevar a cabo una gestión privada como se merece, se podrían delegar cosas que ahora se hacen con más esfuerzo y habría más tiempo para todo. Ahora seguimos viviendo al límite.

¿Habría que hacer algo desde el exterior para ayudar a acercar ese futuro?

Todo influye en todo. Si, por ejemplo, se mejoraran las comunicaciones de Almería todo funcionaría mejor. También para nosotros. Eso permitiría que vinieran más músicos internacionales y más veces. Hay muchos que apoyan el sitio y se adaptan a nuestras humildes condiciones, que pasan siete horas en el tren o llegan en Vueling, o que se bajan en un avión en Málaga o Alicante y actúan ante los almerienses. Lo hacen en esas condiciones, pues si tuviéramos mejores, imagínate.