Ideal

«Los guías que enseñan la ciudad se paran en la puerta y dicen: 'Esta es la peluquería del tío de David Bisbal'»

Miguel Bisbal, sentado sobre uno de los pivotes de la calle La Reina, en el centro de la capital.
Miguel Bisbal, sentado sobre uno de los pivotes de la calle La Reina, en el centro de la capital. / J. J. MULLOR
  • Miguel Bisbal | Peluquero, «La evolución que se pretendía en los 60 empezó por cargarse mi barrio, el casco histórico. Derribaban las casas de planta baja y se construían mamometros»

En 1949, el año de su nacimiento, Almería era mucho más casco histórico que ahora y más aún en la calle Almanzor o Cuesta Rastro donde en el número 14 veía la luz el más pequeño de los Bisbal Guil, destinado a completar la familia y dejar su generación con tres niños y dos niñas. Desde entonces lo que está claro es que el paisaje del barrio no sería el mismo sin los pasos ni la sombra de Miguel, cuyo primer recuerdo se proyecta en el tiempo en el que al lado de su casa vivía un tío que disponía de una cueva que daba a la mismísima Alcazaba y que utilizaba como cochiquera en la que se cebaba al cerdo al que irremediablemente le llegaba su San Martín para llenar la despensa navideña de la familia. ¡Qué tiempos!, calles sin asfaltar, ausencia de aceras y la diversión servida cuando el principal monumento capitalino abría sus puertas a las fiestas de la alta sociedad y la otra sociedad, la del arrabal, se conformaba con acompañar con la mirada a quienes subían en coches de caballos con sus mejores galas y posiblemente con soñar que llegaría el día en el que las puertas del recinto iniciado por Abderramán III y terminado por Jairán, se abrirían de par en par a todo el vecindario. «A las cenas de gala no, pero a las actuaciones de artistas sí que me colaba. En la Alcazaba vi bailar a Antonio y a Rosario, a Lucero Tena, bailar y tocar las castañuelas y a Raphael, cantar. También veíamos, desde las piedras de la Alcazaba la película que echaban en la terraza Roma, a lo lejos y sin oírla, pero esa era otra de las diversiones de los chicos de mi edad en una Almería que podría carecer de muchas cosas que no echabas de menos porque no las habías conocido nunca, pero que era una ciudad en la que se vivía tranquilo».

-¿En la que se convivía?

-Sí, eso era. Una convivencia real, de ayudarse los unos a los otros. Los vecinos eran prácticamente como de la familia. Se hacía mucha vida en el barrio, en la calle. Mi casa estaba al lado de la de Manolo Falces, precisamente la peluquería de mi padre era una de las habitaciones de su casa que daba al exterior. También vivía allí, en la misma calle, Juan Vila Pastori, que era práctico del puerto, y doña Ventura Ledesma, profesora de piano. Todos nos echábamos una mano, siempre.

La vida

-¿Recuerda algo en particular de sus primeros años de almeriense?

-Al lado de la peluquería de mi padre estaba la terraza Moderno y allí ensayaba la Banda de Cornetas y Tambores de los Flechas Navales, que tenían el colegio en la calle Arráez, donde está el edificio de Hacienda del Ayuntamiento. Tengo el recuerdo de aquél sonido machacón metido aún en la sesera.

-Por nacimiento, vecindad y trabajo, usted es de las personas que más tiempo ha pasado en el casco histórico...

-Toda mi vida la he pasado en el barrio. Mi padre empezó el oficio de peluquero en 1936 y yo en 1965 cuando él murió. Yo tenía 15 años y hace 27 que me vine al local de ahora, en la calle de La Reina. He pelado a todo el barrio y afeitado a medio. Toda mi vida he sido testigo de lo que por aquí ha pasado. He reivindicado como el que más lo que se necesita, he sufrido por las pérdidas y el deterioro y he vivido las alegrías de mis vecinos. Son ya 67 años de estar aquí, a la sombra de la Alcazaba.

-¿Ha cambiado mucho en todos esos años el escenario en el que se mueve?

-Todo evoluciona y aunque el escenario pueda parecer el mismo, con los cambios y las pérdidas, son los personajes quienes marcan cada época. En mi infancia disfrutábamos en la Cuesta Rastro con los patinetes que hacíamos con dos maderas y los cojinetes que nos regalaban en el Garaje Inglés. Los juegos han cambiado. Ya no se utiliza la calle como antes, cuando nos pasábamos el día fabricando las mejores chapas del mundo buscando las más 'lisicas', recortando el cristal y las caras de los futbolistas de la época: Zamora hijo, Di Stéfano, Kubala. para pegarlas bien pegadas con jabón. Tampoco se juega ya al Nache ni a la Penca ni a los Santos recortados de las cajas de cerillas. Antes vivíamos y convivíamos y no es que tiempos pasados fueran mejores, simplemente eran diferentes.

El oficio

-¿Ha aprendido más tras el sillón de la barbería o en la escuela?

-Estuve poco en el colegio. Con 14 años me salí. Primero estuve en el Diego Ventaja cuando estaba en la calle La Reina -rebautizada entonces como Queipo de Llano- y después pasé a los jesuitas donde formábamos antes de las clases en el solar en el que luego se edificó Correos. Recuerdo un balcón con un mástil en forma de cruz y las banderas de Almería, España y Falange. Había que cantar el Cara al Sol y a las doce, en la hora del Ángelus, nos daban un vaso de leche en polvo y una porción de queso americano. En la peluquería llevo desde los 15 años, escuchando y hablando con la gente.

-¿Cómo le gusta que le llamen por su oficio: peluquero, barbero o estilista?

-Yo digo que soy ingeniero técnico capilar. Vamos, un barbero de los de toda la vida.

-Su peluquería es famosa en toda España...

-¿Cómo?

-Me han dicho que no hay grupo de turistas que no haga una parada en su establecimiento...

-Ah. ja ja ja. Los guías que enseñan la ciudad a los visitantes se paran en la puerta y dicen: «Esta es la peluquería del tío de David Bisbal». Me preguntan por él, se hacen fotografías, miran las que tengo colgadas. y luego siguen hacia la Alcazaba o por la Almedina.

-¿Es tío del cantante?

-Soy primo hermano de su padre, así que técnicamente soy tío de David, al que de pequeño le cortaba el pelo. Pero sí, somos familia.

La ciudad

-¿Cómo era Almería cuando empezó a trabajar?

-Una ciudad de poca vida y mucha convivencia vecinal. Las puertas de las casas siempre estaban abiertas y los vecinos salían a la puerta a tomar el fresco y a comentar el día a día. Los jóvenes teníamos poco sitio a donde ir. Los sábados y domingos nos reuníamos en la Puerta Purchena los de la peña 'Los Pirulos' y hacíamos baile en alguna casa. Comprábamos lo refrescos, los 'oranges', gaseosas de la Fortaleza y aquellas otras que hacían con sifón en el quiosco Amalia. Era una Almería sin vehículos, con coches de caballos. Ir al cine o quitarles las algarrobas a los caballos que tiraban de los coches en la Plaza de los Burros, eran diversiones y pequeñas diabluras.

-¿Cuándo notó que Almería empezaba a cambiar?

-La evolución que se pretendía en los años sesenta empezó por cargarse mi barrio, el casco histórico. Derribaban las casas de planta baja y se construían mamotretos. El cambio desgraciadamente fue a peor para esta zona. La década de los sesenta fue horrible para la Almería de siempre y ahora es cuando más lo estamos pagando, cuando realmente vemos el destrozo que se hizo y la falta voluntad para corregirlo. Me di cuenta, como se dieron cuenta otras muchas personas, desde el mismo momento en el que se decidió meter la piqueta sin pensar en el futuro. Claro que en líneas generales, la ciudad ha mejorado. Almería tiene hoy cosas impensables hace nada: la Rambla, el Paseo Marítimo, instalaciones educativas, culturales. La pena es que no se salvaran otras cosas.

-¿Qué tendría que mejorarse ahora?

-En el casco histórico hace falta una actuación integral en la que se incluyera el cerro de San Cristóbal, la Alcazaba, el Mesón Gitano, la Catedral. Se necesita una buena señalización turística para que el visitante sepa dónde está y donde puede ir. Hay que mejorar la limpieza y hay cosas tan sencillas como la de no tener los contenedores todo el día en la calle, sino ponerlos de ocho de la tarde a once de la noche. Hay demasiados solares abandonados, sucios, convertidos en vertederos. Solo en este barrio hay 120 viviendas en mal estado de las que las tres cuartas partes están abandonadas. Además, no se incentiva ni el alquiler ni la compra de viviendas porque hoy en día está claro que se necesitan aparcamientos y aquí los pocos que hay están en zona azul. Ni siquiera tenemos zona de residentes.

-¿Hay futuro?

-Yo sinceramente no veo que tenga arreglo el casco histórico. Faltan políticos que lleguen a las administraciones que deben actuar y exijan. El barrio alberga la Casa Consistorial y ahí está, todavía en obras y encima anuncian nuevos retrasos. Ni siquiera tenemos el Ayuntamiento hecho. ¿Habría pasado eso en alguna otra capital? Almería tendrá futuro si los políticos tienen pantalones. Hay muchas cosas pendientes.

-¿Qué es lo primero que mejoraría usted?

-Las comunicaciones son básicas y hay que mejorarlas. Hay que poder entrar y poder salir y hacerlo con comodidad. Pero también hay que moverse por la ciudad y es básico disponer de un buen transporte urbano. No podemos ir en autobús y tardar más en llegar que andando y aquí eso se da mucho. También son fundamentales otras cosas, como recuperar el sabor de la ciudad. Cuando viajamos a cualquier ciudad preguntamos por su casco viejo, antiguo o histórico y disfrutamos visitándolo. Yo insisto en que hay que meterle mano al nuestro porque es nuestra historia y un referente y no puede estar tan abandonado.