Burdeos tiene varias definiciones divertidas. Por ejemplo, Guadalupe Echevarría dice que es la ciudad de las cuatro emes: Por Montesquieu, Montaigne, Mauriac y Mariano, Luis Mariano, que era de Irún pero también de Burdeos, porque allí estudió, vivió y trabajó fregando platos en algún local entre Quinconces y la Place de la Comédie, para luego debutar como tenor en el Grand Theatre, mucho antes de convertirse en el rey de la opereta y de cantar en París ‘La bella de Cádiz’ y ‘Violetas imperiales’.
Pero también se dice que Burdeos es la cuna de la francmasonería, el Boston de Francia, la vieja dama aristocrática del vino, la ciudad donde a la gente le gusta desayunar en la cama y, por supuesto, la cuna más noble del buen vivir. Pues me quedo con las dos últimas, sin duda, porque a Burdeos se va sin prisas, comulgando con la vida pausada de una ciudad que no tiene el ritmo frenético de París ni de lejos, sintiendo su historia restaurada en fachadas monumentales y, lo que es más importante, dispuestos al dulce martirologio de la Visa por el disfrute del buen vivir.
Buen vivir gastronómico, se entiende, pero también buen vivir refinado, tan sofisticado, crítico e ilustrado como el de Montesquieu, que era ensayista y pensador, pero también viñador y seguramente gourmet. Excelsa combinación, cultura y vino, sí, de la que en Burdeos saben tanto como para integrar unas ostras de la bahía de Arcachon y un vino blanco Lillet para el aperitivo, una ópera o un ballet a media tarde entre las columnas corintias del Grand Theatre y una cena con cualquier gran cru de Saint-Emilion, con unas salchichas regionales, las ‘grenier medocain’ o con el paté ‘gratton de lormont’ y el sorbete de chocolate blanco que hacen con elegancia en el venerable Le Chapon Fin.
El buen vino
Por no decir nada de las ‘canelés’ de la pastelería Chez Baillardan, joyas envasadas que también se comen, claro, sentados en cualquier concierto de jazz en el antiguo mercado del barrio de Chartrons, justo donde el ‘lifting’ de Burdeos ha superado con elegancia la decadencia. Combinación exquisita en Burdeos, igualmente, mirando la simetría de la piedra noble y la arquitectura de los edificios que se asoman al Garona, mientras se pasea por el mercado de Saint-Michel o se toma el aperitivo en cualquiera de las terrazas o los bares próximos a su iglesia gótica.
Y luego está también, por supuesto, el Burdeos peatonal con el kilómetro largo de la calle de tiendas Sainte Catherine o el cours de L’intendence, para que el buen vivir sea algo más que el disfrute del condumio. Y no sólo eso, desde luego, porque Burdeos son también las iglesias románicas, el Palacio de la Bolsa, el monumento a los Girondinos y más que nada el viaje al viñedo, es decir, a los miles de chateaux, desde Saint Emilion a Pauillac, pasando por Blaye y Léognan; que para eso la ciudad de las cuatro emes es también la dama aristocrática del vino, lo cual equivale a convertirla en lugar de apasionados sibaritas y catadores que un día van a Margaux, otro a la torre Latour, uno más a la parte medieval de Saint Emilion, el siguiente a Pauillac y el de más allá a Libourne, para volver siempre con una o dos cajas y medio cocidos, pero contentos.
Y eso es Burdeos, ya termino, la ciudad de muchas y divertidas definiciones, entre otras y por encima de todas ellas, la cuna más noble del buen vivir. Y del buen comer y del bien beber, añado.
Mañana
El Mediterráneo en descapotable: El Ejido
Por ÍÑIGO DOMÍNGUEZ