El cambio climático no se había hecho notar y las vacaciones de Semana Santa tampoco eran moneda corriente. Sólo se tenía presente que Jesús había muerto crucificado el día de Viernes Santo y que sus últimas palabras fueron: 'Padre, perdónales porque no saben lo que hacen'. «Yo nunca hice las cosas por inercia o porque me obligaran. Eso hubiera sido un horror. Las hacía porque tenían un sentido».
Ahora que es madre de ocho hijos, de entre 21 y 8 años, no le cuesta nada ser fiel a sus costumbres. Aunque los garbanzos con espinacas se hayan quedado en el baúl de los recuerdos... «Para almorzar, preparo cosas apetecibles y que no sean demasiado espartanas. No voy a poner, por ejemplo una pescada que a la media hora se te han bajado al pie. Una buena opción suelen ser las almejas a la marinera con arroz». Los chicos hincan el diente con apetito y ninguno se ha quejado hasta ahora. «Mi marido, Carlos, y yo les hemos inculcado una serie de valores que han aceptado sin problemas. Eso sí, igual que yo, son libres para decidir. No hacen las cosas porque sí, ni porque lo digamos nosotros, ni porque lo imponga la Iglesia».
La luna llena
Hay hechos incuestionables: caía la tarde del viernes cuando murió aquel nazareno, infatigable y valiente, que acabó dando nombre a una era y protagoniza la Biblia, el mayor 'best-seller' de la Historia. Es el único día de la existencia de Jesús del que no hay ninguna duda. Todos los textos del Nuevo Testamento coinciden en señalar esa jornada como la última de su vida. «Por esa razón, todos los viernes del año se evita comer carne. Ahora bien, además de eludir la carne sólo se ayuna en Miércoles de Ceniza, con el comienzo de la cuaresma, y también en Viernes Santo», puntualiza Pedro Gil, hermano de La Salle y profesor de Teología de la Liturgia en la Universidad de Deusto.
Se comprende que en memoria de la muerte de Cristo muchos católicos pongan freno a su gula. Pero ¿y el Miércoles de Ceniza (es decir, 40 días antes de Jueves Santo, exceptuando los domingos)? ¿Por qué entonces y no antes? ¿O después? ¿Qué ocurrió aquel día en la vida de Jesús? Quién sabe... Lo único claro es que dos más dos son cuatro; y si se le añade un cero, tenemos 40, una cifra redonda con un gran poder simbólico. No hay más que echar memoria: el Diluvio Universal duró 40 días, Moisés estuvo ese tiempo en el Monte Sinaí a la espera de las Tablas de la Ley, Jesús ayunó ese mismo periodo antes de lanzarse a predicar y la travesía del pueblo judío por el desierto se prolongó durante 40 años.
«El número 40 se identifica con un alto en el camino antes del cambio. ¿Y qué relación tiene con la cuaresma? Muy fácil: 'cuaresma' significa 'el cuadragésimo día', empieza el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo, en vísperas del ajusticiamiento de Jesús. La cuaresma es un tiempo de reflexión, tranquilidad y conversión... Se trata de una preparación para el gran momento: la Resurrección de Jesucristo», explica el teólogo Pedro Gil. En medio de esa apoteosis, los astros también meten baza, pues las fechas de Semana Santa varían al compás de la luna: el Domingo de Resurrección siempre es el siguiente al primer plenilunio del equinoccio de primavera. «No puede ser de otra manera. La Semana Santa da paso a un renacimiento, a la llegada de otro ciclo de la mano de la propia Naturaleza». La sangre bulle y todo vuelve a empezar con nuevos bríos. Así culmina la Pasión todos los años.
'Chitty Chitty Bang Bang'
Ahora bien, no hay que adelantar acontecimientos, el Viernes Santo es un día de luto para los cristianos, que todavía se deja notar en la mesa. Aunque ya nadie ponga el grito en el cielo si su vecino se come un chuletón de ternera. ¿Indiferencia? ¿Tolerancia? Cada uno tendrá sus razones, pero en todo caso no cabe duda de que el vecino puede ser un católico practicante irreprochable. «Hay mil maneras de conmemorar la muerte de Jesús y, de todas formas, no hay nada obligatorio; las únicas leyes para un cristiano son el amor a Dios y al prójimo», asegura Pedro Gil.
Las reglas gastronómicas, poco a poco, se han ido reduciendo a su mínima expresión. Incluso entre los fieles que siguen las tradiciones a pies juntillas. Nada que ver con la severidad de los judíos ortodoxos, que tienen prohibido comer cerdo, sangre y derivados, moluscos, marisco, animales con garras, liebres, grillos, saltamontes... El sentido común y la racionalidad se imponen: «No hay que aferrarse a la letra, es ridículo comer un pescado carísimo y desechar una carne más económica», piensa Ana Zugaza, presidenta de una asociación de mujeres cristianas.
Lo que se aconseja es mesura y discreción. Así se justifica que tradicionalmente no se ofrecieran espectáculos mundanos en Viernes Santo. «Todavía me acuerdo de la sorpresa que me llevé de pequeña, hace más de 35 años, cuando vi que echaban en el cine 'Chitty Chitty Bang Bang'», rememora Ana Zugaza. Aquel musical familiar, basado en una novela de Ian Fleming (el 'padre' de James Bond), fue la primera película que se ofreció en Bilbao en vísperas de Sábado Santo.
Víctor Urrutia -catedrático de Sociología y director de Asuntos Religiosos entre 1994 y 1996- está convencido de que no hay vuelta atrás: «Al modernizarse la sociedad, van perdiendo importancia algunos preceptos típicos de un mundo más cercano a lo rural; es normal que las generaciones más jóvenes vean todos estos ritos y hábitos alimenticios como algo del pasado». En los restaurantes las nuevas tendencias saltan a la vista. En muchos «los clientes piden carrilleras o solomillo de pato aunque sea Viernes Santo». El chef del célebre Zortziko, Daniel García, se lo piensa unos segundos antes de responder... «Hombre, nunca falta gente que pide un menú sin carne. ¿Será por creencias religiosas? ¿Será casualidad? Eso ya no lo podemos saber, cada uno es libre de pedir lo que quiera...». Con el camarero delante o en la cocina de casa, no hay vuelta de hoja: los gustos mandan.





